La experiencia vivida por los 33 mineros ha dado lugar a innumerables emociones y reflexiones en general. Por supuesto, fue una experiencia muy dura en un principio, donde la probabilidad de vida era bastante incierta. Luego, todo se llenó de energía y alegría, con un final feliz.
Vida le llamamos en este caso a respirar, a que nuestro corazón lata, a estar en condiciones normales, sin daños físicos importantes. Sin embargo, la experiencia de los 33 pasó de pensar en dejar de existir a experimentar la vida, desde una perspectiva mucho más profunda.
En general, estamos acostumbrados a vivir en el mundo de las sensaciones (físico) y en el de las emociones (sensible).
En el plano físico debe ser difícil privarnos de nuestras necesidades básicas o hábitos. Dejar de comer, de sentir la luz del sol, de respirar aire puro, privarnos de vicios – como fumar o tomar alcohol – dejar de vivir la sexualidad, entre tantos otros.
Por otro lado, en el mundo de las emociones, enfrentar la muerte, la soledad, la incertidumbre, recordar a los seres queridos, recorrer una y otra vez nuestra vida, debe ser una experiencia dolorosa, profunda y de mucha intensidad.
Sin embargo, la soledad, el silencio y el vacío que produce una vivencia de este tipo, abre una puerta, da un empujón más allá de estos dos planos. Nos fuerza, probablemente, a buscar un sentido más profundo; un refugio más poderoso, donde las sensaciones pierdan importancia y las emociones encuentren un amparo lógico… Nos invita a vivir el mundo espiritual.
Por mundo espiritual entendemos normalmente lo que hemos escuchado de nuestras u otras religiones, muchas veces lo asociamos a la Fe, tratamos de imaginarlo en nuestra mente. Sin embargo, lo que no siempre nos queda claro, es que la espiritualidad es una experiencia indescriptible con palabras y que llegar a experimentarla requiere de un entrenamiento; de generar un espacio periódico donde tratemos de desconectarnos de nuestra mente, y con esto, de las sensaciones y emociones que nacen de los pensamientos.
Las opiniones sobre religión están en la boca de una gran mayoría, pero la experiencia espiritual es privilegio de muy pocos. Para comenzar este camino necesitamos una motivación inicial y un entrenamiento posterior.
Nuestros queridos 33 sufrieron mucho y su dolor llenó de sensibilidad y posterior alegría a todo nuestro país. Sin embargo, producto del destino o la causalidad, recibieron un tremendo regalo. La oportunidad de explorar más allá de sus sensaciones y emociones.
Cómo aprovechamos este empujón y cómo continuamos con un entrenamiento que realmente abra paso a la experiencia de la espiritualidad es el desafío. Y de la misma forma, la invitación como país es aprovechar esta experiencia para transmitir al mundo que las sensaciones y emociones dolorosas pueden transformarse en el mejor regalo si somos concientes en interpretarlas y consistentes en incorporarlas a nuestra vida cotidiana.
El dolor está presente en todo país, en toda familia, en toda persona y también en los animales. Sin embargo, reflexionar, darle sentido y hacernos cargo es el gran privilegio del ser humano. Nos permite crear un camino, proyectar la vida más allá de nuestra realidad económica o social, sensibilizarnos con las realidades de otros y construir en conjunto un mundo donde valga la pena vivir, donde la compasión nos ampare y el amor nos estimule en cada segundo.
Escrito por Rodrigo Abarzúa, Director Ejecutivo de Fútbol+

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